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A pesar de la perspectiva masiva que tienen los jugadores con respecto a la existencia previa de los casinos terrestres agrupados en zonas estratégicas como los establecidos en las Vegas o Atlantic City, en relación a los flotantes; es evidente que estos últimos presentan un arduo recorrido en la historia mucho más extenso y prolongado que las demás modalidades de estos establecimientos.
En el caso particular de los Estados Unidos, el surgimiento y consolidación de los casinos flotantes data de comienzos del siglo XIX con la utilización del rio Mississippi como principal afluente y conector de ciudades características como Minnesota, Wisconsin, Missouri, Tennessee, Arkansas, Mississippi, Lousiana, entre otras, lo que atrajo sustancialmente a jugadores y tahúres de zonas aledañas y distantes, deseosos de acceder a las atracciones y juegos de azar disponibles en dichos lugares.
Inicialmente las normativas y demás criterios regulatorios impartidos en los casinos flotantes carecían de consideraciones muy severas, pero con el paso de los años y la acumulación de diversas circunstancias, los casinos perfeccionaron su legislación, de manera tal que los tramposos eran eliminados por la borda de los barcos, además de establecerse como lugares de lujo y con clase en comparación con los casinos terrestres, dado el énfasis impartido hacia los grandes jugadores con considerables apuestas.
A pesar de ello, con el advenimiento del siglo XXI, los barcos-casinos fueron relegados a un segundo plano, ya que los gustos de los jugadores cambiaron a tal punto de preferir trasladarse a distinguidas zonas como las Vegas, donde la principal ventaja radica en la posibilidad de desplazarse de un establecimiento a otro experimentando variedad de ambientes en término de personas, juegos y estructura física; situación poco viable en los flotantes.